Manscúpiese, Relájese
marzo 24, 2010
Entre a www.grangarabana.com y enterese de como es el mundo lejos de donde se cagó Colón. El País de la Gran Garabaña.
Manscupiando Ando
febrero 10, 2010
Manscupio, manscupeo, manscúpero, manscrupo, enmanscrupiado, manscrupoideo, manscrupiano.
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Acto 1. Ingreso a la oficina
Escena 1: Saludo.
Personajes: Flaneur, la Mona, la Bruja, Ghandi, la Cuchibarbie, la Coneja, el posible transexual.
– 8.20 am. 6to piso del edificio más depresivo del centro internacional. Luz Natural. Olor a baño y perfume barato.–
Flaneur llega a tarde a trabajar como es de costumbre. El resto del reparto de trabajadores adelantan sus trabajos.
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Flaneur (22 años, alto, delgado, zambo, corbata desajustada, con explícitas evidencias de falta de sueño): Buenos días.
La Mona (Pelo amarillo y con acento del norte): Buenos días.
La Bruja (Ancha, cuerpo de topo. El cabello le tapa los ojos, su mirada asesina entre el capul y las gafas gruesas. Mandíbula masculina, sonrisa maquiavélica. Se viste con algo similar a una trusa ceñida. Parece un cuervo con botas): Buenos días (sin despegar los ojos de la pantalla).
Ghandi (Cara amable de sabio tibetano. Gafas grandes, contextura humilde): Buenos días (voltea la silla para saber quién saluda).
Cuchibarbie (Cabello pintado de amarillo. Tetas grandes y culo grande embutido en ropa delgada): Buenas.
Coneja (Dientes de conejo. Contextura cuadrada, voz de personaje de caricatura): —
posible Transexual (bajo, serio. Traje formal. Botas. Las botas son bastante gay.): Buenooos díaaas.
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Flaneur: Necesito un tinto, necesito un tinto, quiero un tinto, necesito cafeína, necesito un tinto, quiero cafeína, necesito cafeína, quiero cafeína, necesito un tinto.
Señora de los tintos: Tinto o aromática?
Flaneur: Aromática por favor doña Luz.
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Dilbert es mi nuevo semidios

Ritmo
enero 25, 2010
Los días pasan con el vaivén del ventilador de la esquina del cuarto, y somos todos fantasmas robóticos que teclean sin parpadear.
Las oficinas se encuentran en un quinto piso de un edificio antiguo y percudido por décadas de humo y lluvias ácidas. Nadie llega a las 8 de la mañana, pero mi afán de dejar una buena impresión siempre me hace llegar antes que la mayoría. Cuatro paredes desiertas con mesas anchas en los costados y tres mesas en el centro. Quince computadores y cuatro teléfonos mal conectados. Las mesas están apoyadas sobre las paredes, así que el espacio está configurado para que cada persona le de la espalda a todas las demás. Me asignaron un lugar en el centro, y desde ahí puedo observar todos los movimientos, las pantallas, los gestos, los personajes. Algunos ya descubrieron que me quedo mirándolos, y aprendí con sus gestos que las burbujas en las que funcionan cada individuo no se deben tocar. Intento descifrar cada personaje por su postura en la silla, por su manera de digitar, por su forma de mirar la pantalla. Analizarlos me sirve de hobbie para combatir el tedio y el ahogamiento de la corbata que me aprieta las cuerdas bucales.
Al llegar la gente, la señora de los tintos empieza su ronda de la mañana. Pido una aromática y simulo leer algo interesante en mi computador. A pesar de que soy mano de obra barata, y gratis para el proyecto, las tareas están asignadas y por ahora no tengo labor. Esperar mientras todos los demás laboran sin descanso deja una sensación criminal y agria. Me arreglo un placebo: leer sobre lo que hace cada uno, informarme de la situación, leer un manual de algo que nunca voy a usar pero que al menos alguna vez se utilizó en el trabajo. No funciona, la desesperación me consume poco a poco, se sube por la silla, por la espalda, se encarama en los hombros. Me entran las ganas de gritar. Le escribo un mensaje a mi novia “estoy en una oficina aburrida, con personas aburridas, y mi aburrido estómago tiene una aburrida hambre”. El tiempo pasa lento, el sol (embutido y aumentado por las anomalías atmosféricas de la plaga humana) se escurre entre las persianas, le inyecta lava y azufre al aire de oficinista, se mete en las narices, en las axilas, los pesos atómicos de los zapatos aumentan, los dedos explotan, los ojos se queman, el paisaje se reduce a espaldas y pantallas, la silla se hace plana y dura, quiero gritar, las sillas ríen, las sonrisas falsas de las mujeres dialogan con el movimiento de cejas plástico de los hombres. Faltan cinco minutos para las doce y estoy pensando en acabar con todo el sistema bancario al estilo del Club de la Pelea. Sería fácil tirarse por la ventana y acabar con el suplicio de los oídos que se afinan por la falta de movimientos: el crujir de los espaldares plásticos de la silla, el golpeteo de los dedos en el teclado, los zapatos de suela dura que se menean sin gracia, las bocinas de los buses en la calle, los chismes en voz baja de las mujeres del banco, la garrafa de agua, el golpe de la cuchara en los pocillos…
La hora del almuerzo. Revivir en el anonimato del comedor y suspirar. Soñar por medio segundo y elegir entre carne o pollo, frijol o lenteja, sopa o peto, jugo de papaya o de mango. Caminar diez minutos. Pensar en en el amor. Pensar en la libertad. Llenarse de razones para volver a subir. Dejar la dignidad en el baño, y volver a sentarse al frente de la pantalla.
Mapa de Bits
enero 21, 2010
Fui trasladado al centro, en medio del complicado idioma de las relaciones financieras capitalistas. Cada persona es clasificada por lugar de nacimiento, edad, nivel de ingresos… y una cantidad de índices que jamás comprenderé pero que básicamente le dicen qué tanto puede marranearse el bolsillo del trabajador.
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Son las 8 am, empieza la jornada laboral. De la estación salen como granos de lentejas escurriéndose entre las manos de un mercader indio. Cientos de ejecutivos, secretarias, rateros, gerentes, lambones, trepadoras. Todos con zapatos entaconados, bien lustrados, en una misma marcha rítmica de madera sobre asfalto, de punta tacón, de faldas y corbatas y pequeñas agendas de cuero. La vestimenta no ha cambiado mucho: de la época en la que el tranvía recorría las calles de la ciudad lo único que no se mantiene son los sombreros, el universo de apariencias se mantiene. Todos los defectos parecen pasar desapercibidos bajo los uniformes de paño, y un tinto de la esquina es la mejor manera de ocultar la falta de sueño. Las mujeres desafían la mañana y utilizan faldas y escotes. Los hombres caminan con la espalda recta, con un andar forzado y geométrico. Los movimientos son medidos e impecables, no puede haber un síntoma de falta de seriedad.
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En la oficina, la mañana me retuerce las tripas que no saben desayunar antes de que salga el sol. Los compañeros son impecables, trabajadores, hipócritas y uno que otro maloliente. En la tarde, el sofoco y el tedio de los teclado me saca de quicio, las mujeres pierden prendas, y los más viejos disimulan una ausencia de control sobre el orangután que los posee.
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En la rutina, la única elección es el color de la corbata.
Primer Día: Bienvenido a la Iglesia
enero 17, 2010
El día empezó con el desaliento de sentir que no se durmió lo suficiente. Despertar al amanecer es cosa de aves, aquellas que le cantan al sol entre las ramas, no para los hombres, no para aquellos que odiamos sentir las oleadas de calor en las mejillas y el brillo de los parabrisas en la retina (aunque tampoco soporto la mas mínima brisa fría). El traje de paño, la corbata, los mocasines elegantes, y el cabello corto del sujeto en el espejo parecían sacados de un grito impresionista de una pintura inglesa de mitad del siglo pasado.
“Bienvenidos, ahora son parte de nuestra familia, la mejor empresa del mundo”
Un séquito de pingüinos perfumados seguían con entusiasmo las palabras del pastor: el encargado de Recursos Humanos, una caricatura andante, una suerte de Mr. Bean con menos presencian y una risa parecida a la tos de un ratón de dientes amarillos. Me asignaron un número, y ese número debía guardarlo con cautela. Empezaron los videos institucionales, el lavado de cerebro que iba a durar toda la mañana, pero tuve la fortuna de tener una excusa para escapar de la terapia. Un trámite del distrito, 2 horas de largas filas parecían más alentadoras que horas de imágenes premeditadas de empleados felices. Llegue al final para conocer al dios de la empresa, el gerente general, un tipo con apellido de ladrón pero al que debía rendirle pleitesía. Al hablar con mis compañeros y verles los rostros llenos de esperanzas e iluminados por la sonrisa de los directivos supe que el sistema de arrodillamiento por sobredosis de videos institucionales había funcionado. Eran todos parte de una gran iglesia. Solo a través de nosotros el mundo conocería la salvación, y con nuestro trabajo sacaríamos a nuestros clientes de su oscura ignorancia.
Los últimos minutos antes de someterme a un jefe y a un salario. Los pasé de la mejor manera que podía pasarlos: atrapado en el hechizo de los ojos de ella. Los últimos minutos de libertad decidí regalarlos para ser esclavo de sus abrazos.
A partir de ahora intentaré retratar de la mejor manera posible mi ingreso a una empresa de prestigio llena de yuppies. Con suerte, mi jefe sera un semi político más y no leerá blogs y ni siquiera el menú del almuerzo.
Razón Social
enero 11, 2010
Bienvenido a todos los desocupados del mundo, a los adictos al drama ajeno, a los seudopensadores, a los curiosos, a los sindicalistas, a los aburridos, a los que leen (porque el calentamiento global está afectando las neuronas y la especie de los lectores está en vía de extinción), a los que escriben (porque de ellos será el quinto infierno), a los bipolares, a los bichos raros, a los ratones (las ratas están en el gobierno), a los que saben observar un amanecer, a los fenómenos de circo, a los feos, y a todos los que creen que la vida vale la pena pensarla.
Este espacio esta creado por un frustrado más (pero nunca emo [los emos lloran cuando cagan]), un sujeto con exceso de pensadera, de paranoia política, de mamertismo seudointelectual, de idiotez burguesa, de mala memoria, de fiebre de fútbol y de dolor de espalda.
La misión: escribir por escribir, putear por entrar en el sistema laboral colombiano, rajar de los gomelos, pintar imágenes de sueños aromáticos, sacar una sonrisa, compartir una tristeza, burlarse de sí mismo.
PD: Manscupio es un elefante de felpa que combate las pesadillas de las noches frías.
Trailer
enero 10, 2010
Una muestra gratis: Una cabra cantando Elvis
